El libro de la vida

El libro de la vida

Castell de Piera

Castell de Piera

Salí de casa cuando en el horizonte despuntaba el sol. Un cielo pintado de contrastes naranjas y azules acababa con dos días de intenso viento. Caminaba hacia el castillo por la calle principal, sobre un suelo de adoquines bicolor se proyectaba la sombra de los árboles desnudos.

No había nadie en la calle, los comercios todavía estaban cerrados, el bullicio que horas después acompañarían al transeúnte era ahora paz y tranquilidad. Tras las puertas y paredes unos dormían, otros se preparaban para ir a trabajar. Hoy, yo estaba de vacaciones, tenia algo muy importante que hacer.

Ya estaba pasando por el antiguo Arc d’en Romanyà, donde algún que otro romano había pernoctado. Me acercaba a la empinada cuesta empedrada que lleva a la Plaça de l’Esglesia. Podía ver el bosque, y sentir el murmullo del río en lo profundo del valle. Allí estaban las huellas que los vientos desatados habían dejado.

A mi izquierda dejaba el Castell de Piera, donde Jaume I en el siglo X durmió una noche. A mi derecha l’Esglesia de Santa Maria, con su nueva cúpula y rodeada de los plátanos centenarios.

Dirigía mis pasos hacia el cementerio. Los altos cipreses quedaron a mi derecha y con ellos tantos recuerdos, pensamientos, esperanzas y ganas de vivir en las que se convierten los que ya forman parte de la tierra.

Comenzada ahora un descenso pronunciado. Sobre el polvoroso camino que llevaba al viejo molino junto al río Anoia las ramas de los viñedos danzaban al son del aire. Con solo empujar levemente, la pesada puerta de madera se abrió. Dentro, una estancia con una sola ventana, pequeña, por la que a estas horas, se colaba un finísimo rayo de luz.

La habitación la componen una estantería de baldas abombadas, una mesa de madera, una silla, un baúl viejo y desvencijado y un candelabro de cerámica, obviamente hecha en Piera. Me acerqué a la estantería y extraje un gran libro que hasta ahora había llevado entre mis ropas.

El tomo era de color granate, con un número XXXI quemado sobre el cuero del que estaba hecho el lomo del mismo. Iba a colocarlo junto a los otros 30 libros que descansaban en la balda superior.

Dejé el tomo que tenia entre las manos. No sin antes abrirlo al azar, leyendo frases sueltas. Tania embarazada, el viaje a Cannes, Berracos campeón, Tania más embarazada, el reencuentro con mi suegra, la espera que desespera, Naira, la vuelta a casa, los primeros bibes, a solas con la pequeña, de vuelta al trabajo, el inicio de la Liga, las derrotas del Espanyol, las fiestas de Navidad, el fin del 2008, el nuevo año, la papilla de mi hija, la boda de Gina, el primer resfriado de Naira… El libro es grande, pesado y cargado de historias. Lo dejé junto a los demás…

Me dirigí al baúl y cogí un nuevo tomo. Salí del molino, y, de vuelta a casa, abrí el nuevo libro, todas sus paginas estaban en blanco y en su portada tenia inscrito el número XXXII. Era un 28 de Enero de 2009

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