Felicidades Ana y Dani

El camino desde Piera había sido largo, el polvo del camino y la alta temperatura habían hecho que el trayecto fuese mas complicado de lo habitual. Como tantos otros Tania y Paco se dirigian a ver en ese primer dia de Julio a dos amigos. Todavía quedaban dos horas antes del atardecer cuando llegamos a Can Mercader, donde Dani, vestido con sus mejores trapos daba la bienvenida a los invitados.

Aquella iba a ser una de las bodas del año. Los humildes campesinos iban engalanados para la ocasión, y se mezclaban con la nobleza que también asístia a aquel compromiso público. Los territorios que la familia Mercader había cedido para aquella ocasión estaban mas vivos que nunca. La alegría y algarabía era el son de la música en la que nobles y campesinos, amigos todos, danzaban bajo un sol de siega. Y llegó el momento.

En una pequeña habitación, iluminados por la luz del astro rey, hizo su aparición la novia. Ana iba vestida con un traje de color blanco, impoluto, donde se reflejaba aquella inocencia que su bella imagen sugería. Vastó una de sus sonrisas para llenar la sala de una luz especial. Se hacía el silencio en los pasos que iba sucediendo para encontrarse con Dani.

Ya juntos, ante el altar, rezumaban felicidad y nervios. En breve serían marido y mujer y, con ello, comprometían su amor eterno ante el gran número de familiares, amigas, amigos y curiosos que se habían acercado al evento.

Fueron pocas las palabras que bastaron para resumir ante lo que se enfrentaban: vivir por siempre juntos. Algunas lecturas hicieron aparecer emociones en los ojos de uno y otro, lagrimas que se mezclaban con amplias sonrisas, con cariño, con ternura y, sin duda, con felicidad.

Se escucharon los vítores por el nuevo matrimonio. Una lluvia de arroz deseo buena suerte y riqueza a los novios, ahora ya convertidos en esposos. Nos acercamos a saludarlos, por cada felicitación que recibian, regalaban un poco de su alegría, suficiente para pintar el cielo de tornasol.

Montaron en su carruaje, donde varios caballos al trote los llevarían de camino al castillo señorial, a Mas Sunyol. Situado cerca de la villa de Gelida, donde se había preparado un gran banquete para todos los que quisieran acercarse.

La noche entró a hurtadillas, poco a poco, silenciosa, sin que nadie se diera cuenta. Ocupados en disfrutar, en comer, en bailar, en brindar por la pareja… en charlar con los amigos que hacía tiempo no veías…

… algunos incluso preparaban el camino para quizás alguna relación… ¿quien sabe? De una boda siempre puede surgir otra. Y, en el centro de todo y de todos, la pareja que compartía su noche, su momento, con todos los afortunados que podemos contarnos entre sus amigos.

Muchas felicidades Ana y Dani, que todo os vaya bonito… y que sigamos compartiéndolo.

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