Meriday y Euclídeo

Atenas, año 20 ac,

Euclídeo era un joven alegre y feliz, a decir verdad todo en su vida había estado dispuesto a tal fin. Era hijo de un apoderado terrateniente ateniense y de una acaudalada hija única, que siempre le habían proporcionado lo necesario.

Su infancia había transcurrido en un tranquilo y protector entorno. Sus mentores y maestros le habían enseñado a leer, escribir, el arte de la música y de la poesía. Sus compañeros de juego fueron los hijos de los sirvientes de la casa. Nunca le había faltado nada, ni tan siquiera el cariño y el amor que en otras historias son el talón de Aquiles de una vida perfecta. Jamás había echado en falta nada.

Euclídeo, se dirigió a su progenitor y le informó que necesitaba perseguir y llevar a cabo sus sueños y retos, que durante toda su vida habían ido creciendo en su interior. Partiría en busca de nuevos conocimientos y aventuras.

Un pequeño barco ateniense, ligero y con una gran vela blanca le esperaba en el puerto. Se despidió de su madre, que derramó lágrimas sobre la túnica de su único hijo. Lágrimas de tristeza por la pérdida, temporal, del mismo, pero también de orgullo por verlo ya hecho un hombre, con las riendas de su futuro. Su padre, le abrazó y le pidió que tuviera cuidado, que se comunicara tan frecuentemente como pudiera, ya que su madre y él mismo estarían muy preocupados. ¡Le extrañarían!

La única entrada del mar Mediterráneo, situada entre el continente africano y la península ibérica, ofrecía total comodidad a los navegantes. Se trataba de un mar tranquilo, en el que no era difícil desplazarse. Sin embargo, estos jamás dejaban de ver la linea de la costa, por temor a los piratas, que asediaban cualquier embarcación que estuviera a su alcance y que eran los verdaderos dueños de aquellas aguas.

Navegó durante semanas, habituándose al duro trabajo de los marineros, a la sal del aire, al sol quemándole la piel, al grito de las aves al amanecer, al grave ruido de la nave surcando las olas.

Cuando la calma del mar se rompía por medio de alguna tan inesperada como cruenta tormenta, se acercaban a la cala más cercana, donde hacían noche y, aprovechando la quietud y seguridad de la tierra bajo sus pies, disfrutaban del vino, la música, las estrellas y el silencio hasta que la luna, cansada, se ocultaba con la llegada del nuevo día.

Una mañana avistaron el puerto de Theres, cerca de lo que mas tarde sería Alejandría. Aquel inmenso puerto, lleno de actividad y gente, llamó la atención de Euclídeo, quién ordenó atracar en el mismo. ¡Quizás aquí encontrase una de sus buscadas aventuras!

Theres era una de las ciudades más ricas del Mediterráneo. En ella estaba el famoso mercado de las especies. Los mercaderes atravesaban las altas montañas para llegar con la preciada mercancía del lejano oriente. También podían encontrarse las telas de seda mas delicadas, que según decían los embaucadores vendedores se tejían a mano con hilos casi invisibles. De allí partían la pimienta, la nuez moscada, el azafrán, el clavo y la vainilla para todos los demás pueblos.

Euclídeo, paseó toda la mañana por aquel enorme mercado. Sus ojos no descansaban ni un sólo momento… pasaban de un pescadero que vendía el más grande pez que jamás había visto a un telar, donde una mujer confeccionaba una alfombra con tal precisión que el dibujo de la misma parecía estar vivo. Todo llamaba su atención… Theres era una ciudad encantadora.

Theres, año 18 ac.

La llegada de un rico mercader, como era él, no pasó desapercibida para las autoridades de la ciudad, que no tardaron en invitarle a una recepción en palacio.

Vestido con sus mejores ropas, aseado y perfumado con aceites olorosos llegó al palacio. Allí fue recibido por uno de los cortesanos, que le informó que sería presentado en la sala principal.

Una sala de alabastro blanco, con decenas de columnas redondas a ambos lados. Al fondo, y con único mobiliario, dos grandes tronos, sobre los que la reina y el rey esperaban su llegada. Junto a estos, una bella joven de pequeños pero vivaces ojos marrones, con una media melena teñida del color del atardecer veraniego, su boca pequeña, estaba bien definida por unos labios rosados, que resaltaban sobre su blanca piel, sobre la que se desperdigaban cientos de pecas multicolores.

Se acercó a los tronos e, inclinándose levemente tal como exigía el protocolo, se presentó ante el rey. Éste presento a la reina y a la joven, que resultó ser su hija, Meriday.

Meriday era de mediana estatura, su figura demostraba un excelente estado de salud. Su firme y pequeño pecho hablaba sobre su edad, no más de 32 y no menos de 31. Sus caderas anchas eran todo un estímulo para un hombre como Euclídeo, el cual no podía apartar su mirada de la impresionante joven.

Se había enamorado, a primera vista, un flechazo como el que tantas veces había recolectado en sus versos y en su música. Un sentimiento irracional que invade todos los rincones del alma de una infinita alegría.

Se quedaría en Theres hasta poder conocer a aquella sugerente mujer, Meriday.

Pasaron varios meses, en los que la estricta conducta social establecida, había dictado los pasos que todo hombre debía seguir para poder establecer relación con una mujer.

Había asistido varias veces al palacio, a tratar los mas intrascendentes temas con el rey, con el doble objetivo de que éste lo tomara en consideración y confianza, así como con la esperanza de poder ver a su amada. La cual le destinaba fugaces miradas y sonrisas que deshacían, si cabe más, su corazón.

Seguía durmiendo en su barco, en el puerto de Theres, donde su tripulación se dedicaba a mantener los aparejos y velas en perfecto estado, para estar preparados para el día en que su capitán decidiera partir en busca de la aventura.

Mas tarde fue tratado como uno mas de la familia o bien como un buen amigo de la misma. La reina y el rey lo invitaron a las tardes de ajedrez, un juego en el que Euclídeo siempre ganaba, a mañanas de paseos por la montaña, a los grandes festivales gastronómicos: maduros y chifles, ají de gallina, tacacho con cecina, sopa de maní… un sinfín de curiosos y desconocidos sabores y texturas que eran auténticos premios para aquellos que, como él, osaban probarlos.

El rey, que tenía mucho apreció por el joven, lo acomodó en una pequeña casa de huéspedes cerca de palacio. Euclídeo iba a diario al barco, donde se amontonaban las cartas de navegación y la lista de los lugares que visitaría, de las aventuras que todavía tenía que protagonizar y donde leía los libros de Simbad el marino, de Marco Polo, de Americo Vespucio… relatándole nuevos mundos y culturas.

Una año después, Euclídeo tuvo la oportunidad de pedirle a los reyes permiso para hablar con su hija, Meriday.

La reina sonrió, pues como buena mujer y madre, había leído las intenciones de nuestro protagonista, quizás incluso, desde aquella primera mirada. Además, sabía que su hija sentía lo mismo por aquel ateniense que llegó en un barco cargado de aventuras, retos y millas por delante, pero que ahora vivía en una casa en los jardines de palacio.

Habían pasado ya dos años desde que su grumete avistara el puerto de Theres, Meriday y Euclídeo eran novios, se querían y se hacían felices el uno al otro. Sus risas eran una musical angelical a los oídos de los padres de Meriday, quienes, como cualquier padre, no querían sino la felicidad de su prole.

Paseaban por los jardines, visitaban los alrededores de la ciudad, hablaban, cantaban y disfrutaban del amor, del atardecer, del amanecer y, en definitiva, de estar uno junto al otro.

La tripulación del barco había abandonado el mismo enrolándose en otras flotas. Barcos mercantes, pescadores y militares, todos ellos habían recibido a alguno de los valerosos hombres que habían estado a cargo del capitán, que ahora enamorado pasaba menor tiempo en la cubierta de la nave.

En cierta ocasión Meriday y Euclídeo charlaban sobre sus sueños, sobre su futuro, sus anhelos… Meriday le preguntó a Euclídeo que había pasado con todos los países por visitar, todas las calas sobre las que dormir, todos los territorios por descubrir de los que tanto le había hablado.

Euclídeo había vendido el barco hacía una semana, confirmando así que deseaba quedarse en Theres. Meriday estaba preocupada por que esa decisión no hiciera feliz a su amor. Éste le contestó que no había pensado en ello hacía años. Era feliz, estaba enamorado y amaba sin descanso. Esto le llenaba, Meriday le completaba, nada más podía competir o tener cabida en él. Era todos los países en una persona, todos los territorios en una mirada, todas las calas en cada una de las curvas de su cuerpo… y añadió…

Sólo hay una cosa que me gustaría. Mi padre, quién ha vivido su vida al límite, quién ha visitado todo el mundo conocido, dice que jamás ha sentido tanta felicidad, tanta dicha, tanto amor, como el día en que yo nací – mirando a Meriday afirmó – Eso es la aventura que me falta.

Piera, 1 de Diciembre 2007 dC, 5.30 AM

Amor meu, ¿falta mucho? – preguntó ella impaciente.

Sólo unos segundo mas, pequeña – respondió pasándole la mano por el pelo.

Hay dos bandas de color púrpura. ¡Estamos embarazados! – dijo ella exultante.

Te quiero cariño… te quiero cosito – dijo él.

Pakus, 20.DIC.2007

Este texto fue un regalo a Tania el 20 de Diciembre de 2007, poco después de conocer la gran notícia de que en Agosto seríamos padres de Naira.

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