Atenas, año 20 ac,
Euclídeo era un joven alegre y feliz, a decir verdad todo en su vida había estado dispuesto a tal fin. Era hijo de un apoderado terrateniente ateniense y de una acaudalada hija única, que siempre le habían proporcionado lo necesario.
Su infancia había transcurrido en un tranquilo y protector entorno. Sus mentores y maestros le habían enseñado a leer, escribir, el arte de la música y de la poesía. Sus compañeros de juego fueron los hijos de los sirvientes de la casa. Nunca le había faltado nada, ni tan siquiera el cariño y el amor que en otras historias son el talón de Aquiles de una vida perfecta. Jamás había echado en falta nada.
Euclídeo, se dirigió a su progenitor y le informó que necesitaba perseguir y llevar a cabo sus sueños y retos, que durante toda su vida habían ido creciendo en su interior. Partiría en busca de nuevos conocimientos y aventuras.
Un pequeño barco ateniense, ligero y con una gran vela blanca le esperaba en el puerto. Se despidió de su madre, que derramó lágrimas sobre la túnica de su único hijo. Lágrimas de tristeza por la pérdida, temporal, del mismo, pero también de orgullo por verlo ya hecho un hombre, con las riendas de su futuro. Su padre, le abrazó y le pidió que tuviera cuidado, que se comunicara tan frecuentemente como pudiera, ya que su madre y él mismo estarían muy preocupados. ¡Le extrañarían!
La única entrada del mar Mediterráneo, situada entre el continente africano y la península ibérica, ofrecía total comodidad a los navegantes. Se trataba de un mar tranquilo, en el que no era difícil desplazarse. Sin embargo, estos jamás dejaban de ver la linea de la costa, por temor a los piratas, que asediaban cualquier embarcación que estuviera a su alcance y que eran los verdaderos dueños de aquellas aguas.
Leer el resto de la entrada »